El destino y el libre albedrío son conceptos difíciles porque a veces estamos destinados a llegar a un lugar inesperado. Esto mantiene vivo el misterio del destino, la vida y la muerte, y convierte nuestro papel en el mundo en un tema siempre fascinante. Si supiéramos exactamente adónde estamos destinados a llegar, el viaje de la vida perdería buena parte de su interés, porque quizá nunca daríamos pasos extraordinarios para progresar.

El misterio del destino alimenta el pensamiento, mientras que la certeza puede apagarlo. Por ansiedad y curiosidad consultamos a astrólogos, videntes y quiromantes y obtenemos una pequeña satisfacción de sus predicciones sin comprender realmente lo que nos espera. Las filosofías que no siempre coinciden con la verdad y la realidad pueden funcionar como consuelos temporales; cuando vuelven los problemas, culpamos al destino o al hado. Sin embargo, no podemos alejarnos de la realidad básica de que una ley universal impersonal señala que toda acción produce una reacción. Por ello, en vez de actuar continuamente contra la verdad, debemos adaptarnos o aceptar la existencia de un poder invisible e inevitable que influye en el curso de los acontecimientos de nuestra vida.
El destino de cada persona no depende únicamente de las dificultades que atraviesa, sino de cómo reacciona o responde ante ellas mediante el libre albedrío. No tiene sentido lamentarse del destino cuando trae una desgracia; debemos actuar antes de que ocurra cuando sea posible o aceptarla cuando sea realmente inevitable, aunque pocos estemos preparados. Algunos filósofos sostienen que aceptar no significa rendirse al destino ni capitular ante una predestinación cruel, sino actuar dentro del marco de las circunstancias.
Según el karma, los propios actos de cada individuo son responsables de lo que ocurre en su vida y no podemos escapar de sus consecuencias; lo que varía es el tiempo que tarda cada reacción en manifestarse. Distintas plantas necesitan períodos diferentes para crecer y, del mismo modo, distintas acciones requieren distintos plazos para dar fruto. El resultado de algunos actos puede tardar más en aparecer que el tiempo de vida que le queda a quien los cometió. En esos casos, se considera que la persona tendrá que experimentar las consecuencias en otra vida. Esta ley de armonía del universo, que no depende de una deidad concreta, sostiene que para cada acción existe una reacción correspondiente y que debemos superar las circunstancias adversas que nosotros mismos contribuimos a crear.
Es muy difícil comprender lo que sucede en nuestra vida teniendo en cuenta la importancia relativa del libre albedrío y del destino. Quienes creen en la supremacía absoluta de uno u otro suelen terminar confundidos y perdiendo la paz mental. Algunas personas quedan atrapadas en muchas situaciones cuando confían demasiado en el libre albedrío, mientras que quienes creen únicamente en el destino pueden carecer de metas y motivación. Por eso siempre queda la duda de si el destino ha dispuesto algo para nuestra vida o si el libre albedrío nos permite elegir cómo queremos vivirla. También se cree que nuestra alma puede haber preparado numerosas posibilidades, quizá mediante acuerdos con otras almas para ser compañeros de vida o realizar determinados tipos de trabajo.
Estas posibilidades previamente preparadas, llamadas plan general de vida o tarea de vida, pueden favorecer la paz interior sin formar necesariamente un destino rígido. El plan general del ciclo vital puede permanecer estable, mientras que ciertos detalles cambian según las elecciones que hacemos nosotros y los demás. Poco a poco empezamos a reconocer esos cambios y a sintonizar con nuestra alma. Es mejor poner en práctica el libre albedrío cuando se alcanza cierta madurez; aun así, existen cosas en la vida que parecen quedar fuera de su alcance. Nadie tiene una respuesta completamente racional para explicar por qué dos hermanos idénticos, nacidos y criados en las mismas condiciones, muestran caracteres diferentes, o por qué uno nace rico y otro pobre. Además, en la naturaleza y en el universo ocurren numerosos acontecimientos catastróficos en los que el ser humano apenas desempeña un papel.
