Así, todo es resultado de un pensamiento visible o invisible. Dios fija nuestro destino y debemos seguir su camino para alcanzarlo sin dolor. No podemos culpar a Dios, porque él no ha destinado a nadie a una vida de sufrimiento; somos nosotros quienes, mediante nuestras elecciones, podemos conducirnos hacia ella y somos responsables de esas decisiones.

Los ricos suelen ser ricos porque conocen ciertos secretos del éxito que otros desconocen, pero eso no significa que los pobres estén destinados a permanecer así; puede tratarse simplemente de una falta de conocimiento. Si las cosas no funcionan bien, no siempre se debe a la mala suerte o al destino, sino a la falta de sabiduría y educación, que se adquieren mediante la experiencia o aprendiendo de personas experimentadas. Hoy estamos donde nuestros pensamientos nos han llevado, y mañana estaremos donde ellos nos conduzcan. Por eso es prudente pensar como un ganador y mejorar nuestra situación, porque los pensamientos determinan nuestro destino.
Cuando alcanzamos la madurez suficiente para orientar nuestro destino, conviene trazar una ruta clara hacia la meta elegida. Una persona no puede dominarlo todo; debe mantenerse concentrada y disciplinada. Si queremos convertirnos en actores, es bueno hacer todo el trabajo preparatorio necesario y dominar ese campo antes de una audición. Sin preparación, el fracaso es probable. Cuanto más sabemos de algo, mayores son nuestras posibilidades de éxito y de moldear nuestro destino. Algunas cosas pueden parecer ya escritas, pero eso no significa que necesariamente ocurran así; el libre albedrío puede corregir el rumbo. El destino puede compararse con recibir dos opciones, una recompensa o una prueba.
Está claro que dentro de lo que parece escrito existen elecciones. Debemos escoger una opción de acuerdo con nuestra voluntad. La elección no está fijada de forma inmutable y podemos modificarla mediante el trabajo duro para alcanzar nuestro destino. Tampoco debemos preocuparnos si al principio cometemos errores, porque aprendemos de ellos y adquirimos sabiduría. Si no queremos llegar al punto A que parece marcado y preferimos alcanzar el punto B, necesitaremos esfuerzo, disciplina y devoción a Dios. Durante ese período podemos ser probados mediante tensión, inquietud y otras dificultades, ante las cuales debemos mantenernos firmes y decididos. Si superamos esas pruebas, podremos alcanzar el punto B elegido.
La duración de la vida puede ser un ejemplo de cómo el karma pasado influye en el presente. La historia menciona al rey Ajatashatru, Ch'en Chen y bodhisattvas que prolongaron su vida mediante la práctica del Sutra del Loto y la transformación del karma. El concepto budista de cambiar el destino sostiene que, aunque una persona finalmente debe morir, sus acciones para promover la enseñanza correcta pueden disminuir la retribución del karma y modificar el momento y la naturaleza de sus efectos. Sin embargo, esta idea no coincide con ciertas filosofías occidentales que creen en un destino fijo. Según la filosofía budista, comprender la causa del sufrimiento no basta; es necesario crear nuevas causas positivas que ayuden a aliviarlo. De este modo, se considera posible mejorar y prolongar la vida cambiando el karma.
Si estamos destinados a una vida larga y próspera, pero realizamos muchas malas acciones, quizá no sea necesario esperar a otra vida para experimentar el mal karma: en esta misma vida podríamos perder la riqueza y ver reducida nuestra longevidad. Del mismo modo, una persona pobre podría, mediante buenas acciones, generar un buen karma que le permita una vida más larga y próspera. En ambos casos, las buenas y malas acciones nacen de pensamientos. Lo que vivimos en el presente puede estar relacionado con acciones de una vida pasada, pero no necesariamente fija nuestro destino de manera definitiva, pues nuestros pensamientos actuales pueden alterarlo. Así, nuestra manera de pensar puede moldear positivamente nuestro destino.
