Pero ¿puede ocurrir realmente todo esto y, si es así, acaso no sucede porque no estamos trabajando lo suficiente para lograrlo? Existen culturas y filosofías que sostienen que la seguridad y la prosperidad de los pueblos de la civilización helenística, o incluso toda la fortuna de una ciudad, dependían por completo de una diosa anteriormente menos destacada, Tique.

Las personas que trabajan de verdad para alcanzar su meta pueden conseguirla en algún momento de la vida, mientras que quienes dejan pasar el tiempo sin propósito pueden no llegar nunca a ella e incluso terminar en una situación desfavorable. Aquí surge la ambigüedad sobre quién fija realmente nuestro destino: ¿es Dios? Sin embargo, cada persona debería actuar de manera que llegue a escribir su propio destino y su propia fortuna, porque a veces nuestras oraciones parecen no recibir respuesta y podemos terminar con una mala suerte o un destino difícil. Es cierto que Dios nos creó con un buen destino y cualidades superiores. Cada persona fue creada con individualidad propia, y nuestro deber es explorarla, analizar el propósito o la meta para la que hemos venido a este mundo y trabajar de acuerdo con ello. Descubrir la verdadera razón de nuestra existencia en este universo es, por tanto, un deber importante, y también lo es trabajar para alcanzar ese objetivo. Aunque quizá no veamos un resultado perfecto, quienes se esfuerzan de verdad tienen mayores posibilidades de alcanzar el éxito.
Cada persona tiene dos lados; por muy fuerte que sea, siempre existe una parte más débil que teme la derrota y puede reducir nuestra confianza. En el momento en que disminuye la confianza en uno mismo, la persona puede volverse dependiente de otros factores, como un parásito que necesita de algo externo para vivir. Del mismo modo, algunos prefieren cerrar los ojos y esperar que la fortuna o un poder supremo actúe por ellos en lugar de dedicarse al trabajo duro. Cuando las cosas salen mal, o cuando por alguna razón la mente y el corazón dejan de avanzar en la dirección correcta, muchos recurren a Dios y esperan que alguien o alguna fuerza sobrenatural haga girar la rueda de la fortuna a su favor. De esta manera podemos estar escapando de la realidad o de la derrota y manteniéndonos libres de tensión al perseguir la sombra protectora de un poder superior, dominados por pensamientos imaginarios sobre una mala suerte predestinada. Todos somos muy buenos criticando a los demás, pero cuando se trata de nuestros propios asuntos muchas veces no analizamos nuestros errores ni trabajamos para corregirlos, sino que esperamos que llegue la buena fortuna.
Quedarse sentado esperando que de repente aparezca la suerte o la fortuna a nuestro favor puede ser una actitud imprudente que termina en miedo y, finalmente, en derrota. La sociedad nos enseña a temer, y ciertos tabúes sociales y religiosos refuerzan ese miedo. Por eso, cuando algo sale mal, a veces nos apartamos y soportamos el dolor en lugar de hacer un esfuerzo para superar el obstáculo. Eso no significa dejar todo en manos de Dios, sino actuar directamente sobre el problema e intentar vencerlo. La mala suerte puede deberse a nuestra propia ignorancia o a una causa evidente u oculta; por ello, es responsabilidad de cada persona buscar soluciones a sus problemas en vez de atribuirlo todo a factores imaginarios como el destino y el hado.
La interpretación del destino a través de la fortuna es más que una simple técnica de mediación, pues puede realizarse mediante el estudio de un lenguaje simbólico compuesto por símbolos y arquetipos que permiten leer el pasado, el presente y el futuro de la vida humana, incluida la vida social y personal. De este modo, los métodos relacionados con la fortuna pueden ayudarnos a orientar nuestra vida en una dirección que consideramos favorable para nuestras estrellas y signos. Incluso en el mundo moderno continúa la interpretación de signos, presagios, coincidencias y acontecimientos naturales, lo cual demuestra que la historia todavía desempeña un papel importante.
Escapar de la realidad y fracasar en la vida influirá inevitablemente en las generaciones futuras, y podríamos ser responsables de su pobreza si no podemos proporcionarles una buena educación, vivienda o alimentos, aunque ellos no tengan ninguna culpa. Por eso es más sensato no esperar simplemente que Dios escuche nuestras oraciones y nos conceda bendiciones de fortuna, sino intentar escribir nuestra propia suerte y nuestro propio destino; quienes actúan así suelen tener más posibilidades de alcanzar el éxito. Desde ahora podemos proponernos no dedicar toda nuestra energía a pedir a Dios que escriba nuestra fortuna, sino descubrir nuestro potencial y trabajar con él para alcanzar nuestro destino. La vida no es siempre igual para todos: a veces el éxito llega sin esperarlo, mientras que en otras ocasiones, incluso después de dar lo mejor de nosotros, podemos terminar en el fracaso. Creemos que podemos cambiar nuestro destino y dominarlo trabajando duro, pero también hemos visto muchos casos de fracaso. Debemos comprender que el éxito tampoco llega cuando trabajamos mucho por algo equivocado o de una manera equivocada. En algún momento, todo en nuestra vida puede estar influido por algo predestinado o previamente dispuesto, como un código especial del destino que, sin embargo, puede modificarse. Pero elegir creer en el destino y tratar de descubrir el de nuestra propia vida sigue siendo una decisión personal. Así, conociendo nuestro destino, tomemos el camino correcto para alcanzarlo evitando los obstáculos.
